Afrodescendientes

ADN africano

8 de octubre de 2012

La afrodescendencia en América Latina representa al 30% de la población. Los esclavos africanos que durante más de cuatro siglos fueron sometidos y obligados a estar al servicio de las potencias coloniales dejaron su impronta en el continente. Rastreamos la historia silenciada, exponemos los retos y descubrimos parte de su herencia cultural. Escrito por Nayra Moreno y publicado por Guin Guin Bali

El primer pueblo libre de América tras la colonización europea no lo lograron los emigrantes del viejo continente que se asentaron en el Norte, ni los criollos (mezcla de españoles o portugueses con los indígenas), ni tampoco los pueblos originarios de este vasto territorio, diezmados y sometidos por el yugo de la explotación. El primer pueblo libre de América lo lograron un grupo de esclavos africanos o cimarrones que decidieron rebelarse contra el sometimiento y a cuya cabeza estuvo un hombre: Benkos Biohó.

El lugar de libertad se llama hoy igual que en aquél entonces, cuando comenzaba el siglo XVII. Palenque de San Basilio o San Basilio de Palenque, como le gusta llamarlo a los mayores bajo el argumento de que el pueblo no es del santo sino el santo del pueblo, sigue siendo en la actualidad una isla africana en medio de Colombia, donde el legado de Biohó y sus seguidores sigue muy presente a pesar de que su líder acabó ahorcado y descuartizado un 16 de marzo de 1621.

Biohó nació en la actual Guinea Bissau, en África Occidental, donde fue capturado por un traficante portugués, vendido ya en América a un español que lo traspasó, a su vez, a otro. Existen millones de historias como la de él porque, según el historiador británico Eric Hobsbawm, se superaron los diez millones de esclavos desde el siglo XVI al XVIII.

En los primeros párrafos de la novela El amor y otros demonios de Gabriel García Márquez, que nos lleva a la Cartagena de la trata, en concreto, al barrio negro de Getsemení, descubrimos cómo era el viaje de estos millones de esclavos sometidos a las necesidades del mercado. Se requerían brazos para extraer el oro, otros minerales o en las grandes plantaciones de café y algodón.

“El barco de la Compañía Gaditana de Negros era esperado con alarma desde hacía una semana, por haber sufrido a bordo una mortandad inexplicable. Tratando de esconderla habían echado al agua los cadáveres sin lastre. El mar de leva los sacó a flote y amanecieron en la playa desfigurados por la hinchazón y con una rara coloración solferina. La nave fue anclada en las afueras de la bahía por el temor de que fuera un brote de alguna peste africana, hasta que comprobaron que había sido un envenenamiento con fiambres manidos. A la hora en que el perro pasó por el mercado ya habían rematado la carga sobreviviente, devaluada por su pésimo estado de salud, y estaban tratando de compensar las pérdidas con una sola pieza que valía por todas”.

La abolición de la exclavitud

En la mayoría de los países de América Latina la abolición de la esclavitud coincide con la conformación de los estados nacionales y la redacción de las Constituciones, en su mayoría en la década de los 50 del siglo XIX, aunque en Brasil y Cuba se logró hacia 1880 y en Estados Unidos el fin se sella con la guerra de secesión, en 1862.

Tuvieron que pasar cuatro siglos para lograr la abolición. Aunque como asegura Trinidad Tuttolomondo, del Observatorio de Conflictos en Argentina en su artículo Pasado y presente de la esclavitud africana, la abolición no implicó la supresión definitiva de la esclavitud sino su ilegalidad. De hecho, la servidumbre forzosa, la trata clandestina, la explotación y los prejuicios no se extinguieron con la abolición.

De esta forma, se dio forma de ilegalidad a la esclavitud, aunque en la práctica se continuaba usando como forma de relación: un idilio forzoso que solo benefició a una parte. “Del Potomac al río de la Plata, los esclavos edificaron la casa de sus amos, talaron los bosques, cortaron y molieron las cañas de azúcar, plantaron algodón, cultivaron cacao, cosecharon café y tabaco y rastrearon los cauces en busca de oro. ¿A cuántas Hiroshimas equivalieron sus exterminios sucesivos?”, se pregunta Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina.

La desigualdad se mantiene

"Brasil tiene que comenzar a pagar la deuda de solidaridad que tenemos con África", dijo el pasado mes de mayo el ex presidente de Brasil, Lula de Silva, que también reconocía que su país, sexta economía mundial, "solo tiene su fuerza actual porque durante más de 300 años de esclavitud contamos con el sudor y la sangre de millones de africanos".

América Latina vuelve su cara hacia África a través de conceptos como la cooperación sur-sur, pero en su interior siguen viviendo los descendientes de los esclavos marcados por la desigualdad y la exclusión. "Las personas afrodescendientes han sufrido históricamente y continúan sufriendo la exclusión, el racismo y la discriminación racial y han sido invisibilizados, aun cuando constituyen la mayoría de población de algunos Estados de la región”.

Es la principal conclusión del informe La situación de las personas Afrodescendientes en las Américas (2011) elaborado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que cifra a los afrodescendientes en un 30% de la población total de América.

El informe alerta de que los afrodescendientes viven "de manera sistemática" en las zonas con mayor pobreza de las regiones, con menos infraestructuras y más expuestos al crimen, afrontando "serios obstáculos" para acceder a la educación, la salud y la vivienda. Según el documento, los jóvenes y las mujeres son los que soportan en mayor medida la discriminación.