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Nombrar el mundo desde un cuerpo propio por Alicia Bustamante Mouriñ

27 de noviembre de 2013

Descubrí que tomar la palabra era un acto valiente, a veces soberbio, y que debía lidiar constantemente con la autocensura.

Después la experimentación se transformó en rebeldía. Hablar de lo que no se debe, hablar quien no debe.

Comprobé que toda acción de nombrar estaba atravesada por el poder. De este modo aprendí que las ficciones creaban realidades a base de ser repetidas. Que era importante averiguar quién contaba qué historias, cuándo y cuántas se contaban. Que todo ser humano puede narrar, pero que no todas las narraciones son escuchadas. Que relatar lo que nos sucede es una herramienta sanadora, radical y transformadora. Que la historia única, además de ser peligrosa, es mentira. Que es crucial construir colectivamente y aprender a crecer en el disenso. Que las realidades generalmente son tan complejas que apenas existen palabras para asirlas.

Descubrí así que existían muchos más lenguajes, y que algunos eran más eficaces para construir, pensar y soñar.

Feliz con mis hallazgos supe después que todos estos descubrimientos ya habían sido revelados y relatados por muchas otras personas desde hacía demasiado tiempo. Por fortuna los descubrí desde un cuerpo propio.

REALIDADES INVISIBLES, CUERPOS IM-PROPIOS

Hoy quiero decir: lo que no se nombra existe.

Lo que no se nombra existe.

Lo que se calla por miedo adquiere otra forma, casi siempre enfermiza.

Lo que se calla por desprecio duele y el dolor puede transformarse en odio, ira, violencia, rebeldía, creación.

Lo que no se nombra también existe pero es mucho más complejo de manejar.

Ya lo dijeron tantas otras, el primer paso para combatir cualquier opresión es hacerla visible.

Por eso propongo un acto de imaginación.

Imaginemos un colegio. Imaginemos una niña de sexto de primaria que enseña las bragas y se deja tocar a cambio de dinero. Imaginemos a ocho o nueve niños que pagan, se ríen y le cuentan a otros niños. Imaginemos que el jefe de estudios se entera y el revuelo se hace inmediato. Imaginemos que la medida tomada es hablar con las familias, expulsando durante semanas a los niños y de manera permanente a la niña.

Imaginemos ahora un taxi. Imaginemos que a bordo van un varón de aproximadamente 30 años y una persona del sexo opuesto de edad indefinida, ligeramente aniñada. Imaginemos que él la besa mientras se acercan a un motel. Imaginemos que al taxista le parece raro, pero piensa que él no es quien para meterse en esos asuntos, y que a fin de cuentas en el motel pedirán identificación, y si ella es menor de edad llamarán a la policía. Imaginemos que en el motel solo piden que se pague por adelantado.

Imaginemos un adolescente de 16 años que ha salido de fiesta con sus amigos. Imaginemos que son las cinco de la madrugada. Imaginemos que se acerca a un polígono industrial con 10 euros en el bolsillo para tener sexo con otro hombre, de edad incierta.

Imaginemos un periódico de tirada nacional. Imaginemos que leemos en la prensa que España es el segundo país del mundo en intercambio de archivos de pornografía infantil por Internet. Imaginemos que un sacerdote agustino, profesor de religión, es detenido por poseer material pornográfico infantil. Imaginemos que la orden religiosa le aparta de sus funciones como profesor pero sigue trabajando en temas administrativos para dicha congregación.

¿Realmente alguien cree que se trata de un ejercicio de imaginación?

Lamentablemente la explotación sexual comercial infantil (ESCI) es un hecho cotidiano, a pesar del prejuicio ampliamente extendido de que en sociedades como la nuestra se han superado determinadas formas de violencia contra la infancia, a pesar de resultar incómodo, a pesar de que no se hable de ello.

¿QUIÉN SE HACE CARGO DEL MUNDO?

¿Y ahora qué? Sabemos que la explotación sexual comercial existe, la nombramos, le damos espacio en el orden simbólico pero ¿qué hacemos después con ello? ¿Cómo la combatimos? ¿Cómo la eliminamos?

Si Clarice Lispector ha muerto, ahora ¿quién se hace cargo del mundo?1

¿Quién se hace cargo de las violencias, del sufrimiento ya estructural? ¿Quién se encarga de transformar nuestros espacios en lugares habitables, sostenibles, placenteros?

Sin duda, hacerse cargo del mundo es una responsabilidad compartida por quienes lo habitamos. Sin duda, ésta debería ser nuestra principal tarea.

Parece una obviedad que para eliminar la explotación sexual comercial es preciso un cambio en las estructuras sociales, económicas, políticas y culturales, y que estos cambios deben darse desde diversos frentes, a través de múltiples estrategias.

Propongo una, no es la única, pero tengo la certeza de que es eficaz.

Se trata de una propuesta ludopedagógica. Trabajemos con la infancia y adolescencia las sexualidades, y hagámoslo desde la educación y el arte.

¿Por qué con infancia y adolescencia?

La razón más evidente es por la necesidad de trabajar desde una doble vertiente preventiva: tanto como posibles explotadores, como posibles víctimas.

Pero la razón principal no la encontramos en el futuro, sino en el presente. No se trata de trabajar con las personas adultas del mañana sino con las personas que son hoy.

Habitualmente se concibe a la infancia (personas menores de 18 años) como sujetas pasivas, como meras reproductoras de cultura, como objetos de protección, pero no como agentes de producción cultural y cambio sociopolítico. Es preciso plantear una propuesta pedagógica que parta de una concepción protagónica de la infancia y la adolescencia, en el sentido de sujetos/as participativos/as, motores de cambio, esperanza y transformación. Como actores de praxis cultural y ejercicio político real y efectivo.

Un revolucionario cambio social requiere de un cambio de paradigma en cuanto a la concepción de infancia que nos permita salir de nuestro modelo adultocéntrico.

Otros mundos serán posibles si permitimos otras infancias posibles; si dejamos ser y hacer.

¿Por qué sexualidades?

Porque somos historias encarnadas, cuerpos sentir-pensantes. Somos seres sexuados y desde ahí nos relacionamos con el mundo.

Porque la sexualidad nos atraviesa desde todas las dimensiones del ser humano y a pesar de ello sigue estando llena de mitos, silencios y tabúes. Porque cada día recibimos un incesante bombardeo de mensajes vinculados a la sexualidad pero paradójicamente sigue siendo la gran desconocida, caldo de cultivo para las desigualdades y discriminaciones.

Porque la infancia y la adolescencia son etapas cruciales donde se forjan los valores y actitudes que acompañan a nuestras sexualidades y nos permiten desarrollarlas en un marco de libertad, respeto y diversidad.

Por todo ello es preciso abordar las sexualidades desde una perspectiva sistémica y compleja que incluya los grandes temas tabú como la prostitución o la explotación sexual comercial (trata con fines de explotación sexual y ESCI). Este es un requisito indispensable para lograr un cambio social que apueste por relaciones libres, placenteras y respetuosas.

¿Por qué a través de la educación y el arte?

Podrían hacerse interminables los párrafos que argumenten y den cuenta de las potencialidades de estas dos “armas cargadas de futuro”.

Podría hablar de la educación emancipadora y liberadora en términos de Paulo Freire. Podría hablar del arte no como patrimonio de artistas, sino como manifestación de lo humano con capacidad para albergar y potenciar la diversidad, para vivenciar un proceso continuo de autoconocimiento y de construcción colectiva. Como herramienta de producción simbólica que posibilita la transformación social.

Esta propuesta pretende trabajar a través de la educación y el arte porque es un medio lúdico, placentero, porque empodera. Porque nos enseña a construir colectivamente, a renunciar, a fortalecernos en el disenso, a dejarnos sorprender con lo diverso. Porque son experiencias totalizadoras que implican cuerpo, pensamientos y emociones. Porque pensar en habitar el mundo como si fuera una obra artística implica hacerlo bello, consciente, colectivo, inacabado…

Porque necesitamos otros lenguajes que permitan narrar lo innombrable y construir lo posible.

Porque la educación y el arte pueden enseñarnos a hacernos cargo del mundo.

Porque es una bonita forma de lograr que todo ser humano tenga un cuerpo realmente propio.

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